No tengan miedo a Dios, ¡Él perdona siempre!
VATICANO, 11 Jun. 14 / 09:43 am.-
El Papa Francisco culminó este miércoles su catequesis sobre los dones
del Espíritu Santo abordando en esta ocasión el don de temor de Dios, el
cual –afirmó-, ayuda al fiel a estar alerta cuando está yendo por la
senda del pecado y no es, como usualmente se cree, un llamado a tener
miedo a Dios, pues sabemos que es un Padre “que nos ama y quiere nuestra
salvación y siempre perdona: ¡siempre!”.
Bajo
el sol de Roma, el Papa dirigió la Audiencia General ante una Plaza de
San Pedro llena de fieles, a quienes explicó que este don “nos recuerda
lo pequeños que somos delante de Dios y de su amor, y que nuestro bien
consiste en abandonarnos con humildad, respeto y confianza en sus
manos”. "Es un don que nos hace cristianos convencidos, entusiastas, que
no se quedan sometidos al Señor por miedo, sino porque están conmovidos
y conquistados por su amor”.
A continuación el texto completo de la catequesis gracias a la traducción de Radio Vaticana:
Queridos hermanos y hermanas:
El
don del temor de Dios, del que hablamos hoy, concluye la serie de los
siete dones del Espíritu Santo. Esto no significa tener miedo de Dios:
¡no, no es eso! Sabemos bien que Dios es Padre y que no ama y quiere
nuestra salvación y siempre perdona: ¡siempre! ¡Así que no hay razón
para tener miedo de Él! El temor de Dios, en cambio, es el don del
Espíritu que nos recuerda lo pequeños que somos delante de Dios y de su
amor, y que nuestro bien consiste en abandonarnos con humildad, respeto y
confianza en sus manos. ¡Esto es el temor de Dios: este abandono en la
bondad de nuestro Padre que nos quiere tanto!
1.
Cuando el Espíritu Santo toma morada en nuestro corazón, nos da
consuelo y paz, y nos lleva a sentir como somos, es decir, pequeños, con
aquella actitud - tan recomendada por Jesús en el Evangelio – de quien
pone todas sus preocupaciones y sus esperanzas en Dios y se siente
envuelto y apoyado por su calor y protección, ¡igual que un niño con su
papá! Y es éste el sentimiento: es lo que el Espíritu Santo hace en
nuestros corazones: nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro
papá.
En
este sentido, entonces, comprendemos bien cómo el temor de Dios en
nosotros toma la forma de la docilidad, de gratitud y de alabanza,
llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, de hecho, no
alcanzamos a comprender el designio de Dios, y nos damos cuenta que no
podemos asegurarnos, por nosotros mismos, la felicidad y la vida eterna.
Es
precisamente ante la experiencia de nuestras limitaciones y de nuestra
pobreza, cuando el Espíritu Santo nos consuela y nos hace sentir que la
única cosa importante es ser guiado por Jesús en los brazos de su Padre.
2.
Es por eso que necesitamos tanto este don del Espíritu Santo. El temor
de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y que
nuestra verdadera fuerza reside sólo seguir al Señor Jesús y dejar que
el Padre puede derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia.
Abrir el corazón para que la bondad y la misericordia de Dios lleguen a
nosotros.
Esto
hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios: abre los
corazones. Corazón abierto para que el perdón, la misericordia, la
bondad, las caricias del Padre lleguen a nosotros. Porque nosotros somos
hijos infinitamente amados.
3.
Cuando somos colmados por el temor de Dios, entonces estamos llevados a
seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia. Pero esto no con
una actitud resignada y pasiva, incluso con lamento, sino con el estupor
y la alegría, la alegría de un hijo que se reconoce servido y amado por
el Padre.
Por
lo tanto, ¡el temor de Dios no nos hace cristianos tímidos, remisivos,
sino que genera en nosotros coraje y fuerza! ¡Es un don que nos hace
cristianos convencidos, entusiastas, que no se quedan sometidos al Señor
por miedo, sino porque están conmovidos y conquistados por su amor! Ser
conquistados por el amor de Dios: ¡y esta es una cosa bella! Dejarse
conquistar por este amor de Papá: ¡que nos ama tanto! Nos ama con todo
su corazón.
Pero,
¡estemos atentos, eh! porque el don de Dios, el don del temor de Dios
es también una “alarma” frente a la pertinacia del pecado. Cuando una
persona vive en el mal, cuando blasfema en contra de Dios, cuando
explota a los otros, cuando los tiraniza, cuando vive solamente para el
dinero, para la vanidad o el poder o el orgullo, entonces el Santo temor
de Dios nos pone en alerta: ¡atención! Con todo este poder, con todo
este dinero, con todo tu orgullo, y con toda tu vanidad, ¡no serás
feliz! Nadie puede llevarse consigo al otro mundo ni el dinero, ni el
poder, ni la vanidad, ni el orgullo: ¡nada! Solamente podemos llevar el
amor que Dios Padre nos da, las caricias de Dios aceptadas y recibidas
por nosotros con amor. Y podemos llevar lo que hemos hecho por los
otros. ¡Atención, eh! No pongan esperanza en el dinero, en el orgullo,
en el poder, en la vanidad: ¡esto no puede prometernos nada!
Pienso,
por ejemplo, en las personas que tienen responsabilidad sobre los otros
y se dejan corromper: pero ¿ustedes piensan que una persona corrupta
será feliz en el otro mundo? ¡No! Todo el fruto de su corrupción ha
corrompido su corazón y será difícil ir hacia el Señor.
Pienso
en aquellos que viven de la trata de personas y del trabajo esclavo:
¿ustedes piensan que esta gente tenga en su propio corazón el amor de
Dios, uno que trata las personas, uno que explota las personas con el
trabajo esclavo? ¡No! No tienen temor de Dios. Y no son felices. No lo
son.
Pienso
en los que fabrican armas para fomentar las guerras: pero piensen ¡qué
trabajo es éste! Estoy seguro que, si yo hago ahora la pregunta:¿cuántos
de ustedes son fabricantes de armas? Nadie, nadie. Porque ésos no
vienen a escuchar la palabra de Dios. Ellos fabrican la muerte, son
mercaderes de muerte, que hacen esta mercancía de muerte.
Que el temor de Dios les haga comprender que un día todo termina y que deberán rendir cuentas a Dios.
Queridos
amigos, el Salmo 34 nos hace rezar así: “Este pobre hombre invocó al
Señor: él lo escuchó y los salvó de sus angustias. El Ángel del Señor
acampa en torno de sus fieles y los libra”.Pidamos al Señor la gracia de
unir nuestra voz a la de los pobres, para acoger el don del temor de
Dios y podernos reconocer, junto a ellos, revestidos por la misericordia
y el amor de Dios, que es nuestro Padre, nuestro papá. Así sea.
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