Tener piedad no es poner “cara de estampita” o fingir ser santo
Durante
la Audiencia General de este miércoles, el Papa Francisco reflexionó
sobre el don de la piedad, el cual no significa tener compasión, poner
“cara de estampita” o fingir ser santo, sino un “auténtico espíritu
religioso, de confianza filial con Dios, de aquella capacidad de rezarle
con amor y sencillez que caracteriza a los humildes de corazón”.
Ante
los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, Francisco alentó a
cultivar este don porque “seremos capaces de gozar con quien está
alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o
angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está
afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado. Hay una
relación, muy, muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre”.
A continuación, el texto completo gracias a la traducción de Radio Vaticana:
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Hoy
queremos examinar un don del Espíritu Santo que a menudo viene mal
entendido o considerado de una manera superficial, y que en cambio toca
el corazón de nuestra identidad y de nuestra vida cristiana: es el don
de la piedad.
Hay
que dejar claro que este don no se identifica con tener compasión por
alguien, tener piedad del prójimo, sino que indica nuestra pertenencia a
Dios y nuestro profundo vínculo con Él, un vínculo que da sentido a
toda nuestra vida y nos mantiene unidos, en comunión con Él, incluso en
los momentos más difíciles y atormentados.
1.
Este vínculo con el Señor no debe interpretarse como un deber o una
imposición: es un vínculo que viene desde dentro. Se trata, en cambio,
de una relación vivida con el corazón: es nuestra amistad con Dios, que
nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de
entusiasmo y alegría. Por esta razón, el don de la piedad suscita en
nosotros, sobre todo, gratitud y alabanza. Es éste, en realidad, el
motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra
adoración.
Cuando
el Espíritu Santo nos hace sentir la presencia del Señor y de todo su
amor por nosotros, nos reconforta el corazón y nos mueve de forma
natural a la oración y la celebración. Piedad, por tanto, es sinónimo de
auténtico espíritu religioso, de confianza filial con Dios, de aquella
capacidad de rezarle con amor y sencillez que caracteriza a los humildes
de corazón.
2.
Si el don de la piedad nos hace crecer en la relación y en la comunión
con Dios y nos lleva a vivir como sus hijos, al mismo tiempo nos ayuda a
derramar este amor también sobre los otros y a reconocerlos como
hermanos. Y entonces sí que seremos movidos por sentimientos de piedad –
¡no de pietismo! - hacia quien nos está cerca y por aquellos que
encontramos cada día. ¿Por qué digo no de pietismo? porque algunos
piensan que tener piedad es cerrar los ojos, hacer cara de estampita,
¿así no? y también fingir el ser como un santo, ¿no? No, este no es el
don de la piedad. En piamontés nosotros decimos: hacer la “mugna
quacia”, éste no es el don de piedad ¡eh!
De
verdad seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con
quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir
a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y
socorrer a quien está necesitado. Hay una relación, muy, muy estrecha
entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el
Espíritu Santo nos hace apacibles. Nos hace tranquilos, pacientes, en
paz con Dios, al servicio de los otros con apacibilidad.
Queridos
amigos, en la Carta a los Romanos, el apóstol Pablo afirma: “Todos los
que son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y ustedes
no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor,
sino el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios:
“¡Abba, Padre!”.
Pidamos
al Señor que el don de su Espíritu pueda vencer nuestro temor, nuestras
incertidumbres, incluso nuestro espíritu inquieto, impaciente y pueda
hacernos testimonios gozosos de Dios y de su amor. Adorando al Señor en
la verdad y también en el servicio a los próximos, con mansedumbre y
también con la sonrisa, que siempre el Espíritu nos da en la alegría.
Que el Espíritu Santo nos dé a todos nosotros este don de la piedad.

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